Indigestión tricolor ó leyenda ni siquiera negra de la segunda República

“(…)y fue su derrota la que le convenció de esta verdad: que hasta
el más mínimo mejoramiento de su situación es, dentro de la
república burguesa, una utopía; y una utopía que se convierte en
crimen tan pronto como quiere transformarse en realidad. Al
convertir su fosa en cuna de la república burguesa, el
proletariado obligaba a ésta, al mismo tiempo, a manifestarse en
su forma pura, como el Estado cuyo fin confesado es eternizar la
dominación del capital y la esclavitud del trabajo. (…) Sólo
empapada en la sangre de los insurrectos de Junio ha podido la
bandera tricolor transformarse en la bandera de la revolución
europea, en la bandera roja. Y nosotros exclamamos: ¡La
revolución ha muerto! ¡Viva la revolución! (…)la burguesía no
tiene rey; su verdadera forma de dominación es la República”
K. Marx. Las luchas de clases en Francia

La evolución de capitalismo ha vaciado a la clase trabajadora de referentes históricos en su oposición al sistema. La encrucijada producida por décadas de derrota y una brutal amnesia inducida de la historia de nuestra propia clase, conlleva el peligro de encuadrarse en posiciones que, disfrazadas de revolucionarias y radicales, son en realidad inofensivas, cuando no claramente aliadas de la opresión y la explotación del proletariado en beneficio del sostenimiento del sistema.
En el ámbito nacional quizás el más visible de estos nocivos encuadramientos sea el republicanismo, una tendencia que, si bien nada tiene de novedosa, en los últimos años parece amenazar más que nunca con engullir, desvirtuándolo, todo discurso contestatario. La base fundamental del republicanismo patrio es la mitificación de  un pasado supuestamente glorioso, liberalizador y democrático. Aderezado todo ello con un nada desdeñable componente sentimental, que pervierte nuestro recuerdo y la historia de las luchas de nuestra clase, amasándolas en un indigesto pastel que todo lo
quiere aglutinar dentro de una ideología más parecida a un pastiche de tópicos buenrrollistas que a un verdadero discurso de confrontación contra el sistema. Hablamos,
claro está, de la II República.
¿Cuál es la significación histórica de la II República? Sería largo e incluso tedioso analizar aquí pormenorizadamente a modo de crónica historiográfica aquel periodo, pero vemos insoslayable contrarrestar esa desproporcionada mitificación que ha llegado a alcanzar un fanatismo rayando con la histeria, sumado a una particular ceguera de la significación de aquellos años en la evolución de la lucha de clases tanto en el país como en el resto del mundo.
El colapso, a varios niveles (económico, político, social…)del país, en el periodo anterior a la proclamación de la República, condujo a una situación compleja e incluso desesperada para el sistema a nivel local en el que la posibilidad de un estallido general se vio por cierta parte de la burguesía como una amenazante premonición. La opción republicana resurge en este callejón sin salida como una auténtica tabla de salvación circunstancial
que viniera a calmar los ánimos. No resultaba difícil en realidad desembarazarse de uno de los pilares tradicionalmente fundamentales de la nación, la institución monárquica, a cambio de salvaguardar los intereses del capital. No es para nada casual que los instigadores principales de la transición republicana fueron en su mayoría monárquicos conservadores de pura cepa( como el abogado Miguel Maura, cabeza de gobierno de los primeros consejos de ministros de la Rep. o su pasante Alcalá –Zamora presidente desde la proclamación hasta febrero del 36) o bien otros que, nominalmente republicanos, formaron parte de la nomenclatura política de anteriores gobiernos (como Largo Caballero, consejero de trabajo en el periodo dictatorial de Primo de Rivera (1 ).
Es indudable que al menos para cierta parte del proletariado, bastante activo y contestatario en las décadas precedente, la proclamación de la Rep. en abril del 31 supuso una seductora esperanza de cambio en sus penosas con-
diciones de vida. El desencanto subsiguiente debió ser descorazonador: las políticas
represivas fueron unas de las más indisolubles marcas de nacimiento de la nueva forma
de gobierno. La celebérrima ley de vagos y maleantes no fue ni mucho menos un in-
vento de la dictadura franquista; es en la II rep. donde esta edicto represivo encuen-
tra su acta fundacional. Conviene destacar también el surgimiento de la Guardia de Asalto, cuerpo represor republicano por antonomasia, que pronto muestra su eficacia
como garante de la democracia republicana sometiendo a todo movimiento de protesta
por medio de la brutalidad y las armas. La capacidad del sistema capitalista para
regenerarse y someter la sociedad a los parámetros de la lógica mercantilista no solo permanecía intacta, en su nuevo disfraz parecía haber encontrado una
fórmula aún más útil a sus intereses.
Ante las resistencias del proletariado a someterse (una de las característica indiscutibles de ese periodo fueron las numerosas huelgas salvajes y revueltas, con su clímax en la revolución de Octubre del 34, tema que daría para varias páginas) que llenarían las
cárceles de presos políticos, no tardaron en erigirse ciertos apagafuegos habituales en supuestos portovoces de las consignas proletarias. El PSOE y su filial sindical UGT, la versión patria de la clásica socialdemocracia arribista del poder, se afanaron en empuñar
la bandera de bolchevismo a fin de encauzar los esfuerzos de la clase obrera hacia unos intereses más bien espurios, luchas ajenas cuyo único resultado posible era el desgaste y el desaprovechamiento de unas fuerzas que, por otra parte, no sobraban. Incluso la combativa CNT tuvo su papel, complejo y contradictorio, en esa tendencia evolutiva de, permítannos la licencia poética, “sumisión como una de las bellas artes”.
Con el tiempo ese engendro mal parido que fue la II República mostró que como tabla de salvación carecía de suficiente flotabilidad. Al igual que el anterior régimen llegara a una situación crítica, su particular colapso. Para 1936 el clima social era insostenible, la
atmósfera de violencia callejera había alcanzado un punto cercano a la ebullición, que no tardaría en concretarse en una confrontación civil. En este periodo precedente a la guerra, el encauzamiento del proletariado hacia la sumisión disfrazada de un radicalismo
que no iba más allá de los márgenes del electoralismo, alcanza su fórmula mas redonda con la formación del Frente Popular, un conglomerado multiforme que pretendía englobar toda la oposición de izquierdas con visos hacerse dueños del parlamento ante el de-
sastre en el que se había convertido la gestión política del descontento social. Usando sin pudor la baza electoralista de la libertad de los presos, encarcelados precisamente por
su oposición al statu quo republicano, convirtiendo su amnistía en un slogan recurrente, consiguieron que gran parte del proletariado insurgente acudiera a las urnas en febrero
del 36. Sin embargo los meses posteriores a la victoria del FP en aquellas elecciones demostraron que el nivel de confrontación de la clase obrera, su capacidad de insurrección, no podía ser encauzada tan fácilmente. La guerra de clases se reflejaba en las durísimas luchas callejeras y protestas encarnizadas constantes. Ante la imparable sucesión de acontecimientos que, de nuevo, y de forma mucho más clara, conducía hacia una insurrección generalizada, la burguesía conservadora ve la formula republicana desgastada, y ve necesario un golpe de estado que ponga fin a esa forma de gobierno, escenario que la facción más liberal ve menos amenazante para sus intereses que la insurrección proletaria. La reacción obrera ante el pronunciamiento militar evitó que este traspaso de poderes de cierto sector burgués hacia otro fuera inmediato. Estalló entonces en ciertos territorios una verdadera revolución social, que fue llevada a través de un proceso complejo y no exento de violencia hacia una confrontación interburguesa (lo que en la historiografía oficial se conoce como Guerra Civil) en la que, esta vez si, el encauzamiento de la revuelta hacia formas inofensivas pudo ser exitosa para el sistema, usando la misma estrategia que ya había demostrado su eficacia en otros territorios: dirigirnos a la telaraña de la lucha antifascista que cerraba los objetivos a una defensa pura y dura de los intereses de ciertas facciones burguesas (2)
Dejaremos para otro momento un análisis más pormenorizado de la descarnada coda final que fue la Guerra Civil, un sangriento desenlace que encontró su fermento perfecto
en el despropósito social al que la glorificada república sumió al país.
La ideología republicana replica los mismos fundamentos de la república del 31 y el frentepopulismo. La II República no fue nunca, ni lo pretendió, salvo como maquillaje
circunstancial, una república de trabajadores. Su ideología supuestamente obrera no es más que otra de las ideologías muertas del capital que garantizan mediante subterfugios la opresión de una clase sobre otra, sumiéndonos en vanos reformismo y reivindi-
caciones que no llegan más allá de la absurda quimera de convertir en “más humana” nuestra explotación sistemática. Es por ello que vemos necesario confrontar la indigesta omnipresencia de esta nefasta ideología y sus símbolos en nuestros escenarios de lucha.

Toda república es burguesa, sea cual sea el disfraz con el que se vista.
Ninguna formula burguesa puede servir para liberarnos de la explotación.

1)La figura de Largo Caballero merecería un epigrafe por sí sola . Es un
ejemplo bastante claro de la mistificación de ciertos personajes, que quien
fuera uno de los principales responsables de las polticas laborales durante
el represivo periodo dictatorial de Primo de Rivera, con la CNT abocada a
la clandestinidad, la carcel y el exilio y la UGT como sindicato oficial del
regímen acabará apenas una década más tarde siendo denominado el
Lenin español.
2) ver Reapropiación http://www.bscrimental.org/reapropiacion/reapro-
piacion- 1.pdf y Barricadas en Barcelona:
https://bataillesocialiste.files.wordpress.com/2013/09/barricadas.pdf

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